Reflexiones · Educación · Experiencia académica
Crítica a la CUE Alexander von Humboldt
Esta nota recoge una opinión estrictamente personal basada en mi experiencia como estudiante de Ingeniería de Software Dual en la Corporación Universitaria Empresarial Alexander von Humboldt durante el período académico 2026-1.
No pretendo presentar mi experiencia como una descripción absoluta de toda la institución ni de todos sus docentes. Sí considero necesario dejar constancia de lo que viví, de las razones que me llevaron a retirarme y de las conclusiones que saqué de aquella experiencia.
Una experiencia que no cumplió mis expectativas
Entré a la institución con la expectativa de recibir una formación universitaria sólida, especialmente por tratarse de un programa de Ingeniería de Software. Esperaba encontrar un entorno académico exigente, infraestructura adecuada para una carrera tecnológica y procesos institucionales que facilitaran realmente el aprendizaje.
Mi percepción fue deteriorándose con el paso de los meses. Mi principal crítica no se reduce a una asignatura, un profesor o un problema puntual. Lo que terminó pesando fue la acumulación de situaciones académicas, administrativas y de infraestructura que, en conjunto, hicieron que mi experiencia resultara muy inferior a lo que esperaba de una institución universitaria.
Una ingeniería necesita algo más que buenas intenciones
Una carrera orientada al desarrollo de software necesita condiciones materiales y académicas coherentes con lo que promete. En mi experiencia, esas condiciones fueron insuficientes.
Las salas de cómputo presentaban problemas recurrentes. En distintas ocasiones tuve que dedicar parte del tiempo de clase a resolver inconvenientes técnicos que no tenían ninguna relación con la actividad académica que debía realizar.
Los fallos en equipos, conexiones y periféricos pueden parecer detalles menores cuando se observan de manera aislada. Cuando se repiten durante las clases y coinciden con talleres, prácticas o evaluaciones, dejan de ser simples inconvenientes y comienzan a afectar directamente el proceso de aprendizaje.
También tuve la impresión de que el programa no contaba con un entorno especializado acorde con las exigencias que esperaba de una formación en ingeniería de software. Para mí, una carrera de esta naturaleza debería ofrecer un entorno pensado para desarrollar, experimentar, probar y construir.
Cuando la gestión termina pesando más que la formación
Otra de mis mayores decepciones estuvo relacionada con la forma en que percibí varios procesos institucionales. Una universidad puede tener reglamentos, formatos, procedimientos y conductos regulares perfectamente establecidos y, aun así, ofrecer una experiencia educativa profundamente frustrante.
En mi caso, llegó un momento en el que sentí que estaba siendo tratado principalmente como un trámite administrativo y no como un estudiante que atravesaba una situación académica compleja.
No cuestiono la existencia de reglamentos. De hecho, considero que una institución seria necesita reglas claras. Lo que cuestiono es que la existencia de una regla termine sustituyendo la capacidad institucional para escuchar, explicar y acompañar.
Tener procedimientos no equivale automáticamente a tener una buena atención al estudiante.
El caso de Matemáticas Básicas
Uno de los episodios que más deterioró mi confianza fue el relacionado con Matemáticas Básicas.
Mi nota definitiva del período fue de 2,7. Posteriormente presenté una habilitación y obtuve 1,8. De acuerdo con la documentación institucional, la nota definitiva de la asignatura se calculó con un 60 % de la nota del período y un 40 % de la habilitación, dando como resultado 2,3.
Reconozco que la fórmula estaba contemplada en el reglamento y que la institución sostiene que las condiciones de la habilitación habían sido comunicadas previamente. No sería intelectualmente honesto afirmar que la universidad simplemente inventó la fórmula después del examen.
Mi crítica es otra: una cosa es que un procedimiento sea reglamentario y otra muy distinta es que la experiencia del estudiante con ese procedimiento sea clara, satisfactoria y razonable.
El episodio terminó convirtiéndose, para mí, en otro ejemplo de una relación con la institución que se volvió cada vez más mecánica y desgastante.
El trato humano también forma parte de la calidad
Para mí, una institución educativa no debería medir su calidad únicamente por sus programas académicos, reglamentos o indicadores. También importa cómo trata a las personas cuando las cosas salen mal.
No esperaba privilegios ni que se ignoraran mis responsabilidades como estudiante. Esperaba algo mucho más básico: poder plantear una situación difícil y sentir que al otro lado existía una institución interesada en resolver el problema, no simplemente en cerrar el procedimiento correspondiente.
Esa diferencia fue importante para mí. Un estudiante puede aceptar una mala nota, una norma que no le guste o incluso una decisión administrativa adversa. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es sentir que la persona desaparece detrás del expediente.
Infraestructura, experiencia y percepción de calidad
Otra conclusión que saqué de mi experiencia es que la calidad educativa no debería analizarse únicamente desde el contenido de los planes de estudio.
Una universidad puede tener profesores competentes y asignaturas interesantes, pero si el estudiante encuentra constantemente obstáculos materiales, administrativos o de organización, la experiencia educativa se deteriora.
En mi caso, eso fue exactamente lo que ocurrió. Los problemas individuales quizá habrían sido soportables por separado. El problema fue su acumulación.
Por qué decidí irme
Finalmente decidí retirarme. No considero que esa decisión haya sido una simple reacción impulsiva ni una forma de escapar de mis responsabilidades académicas. Fue la consecuencia de un proceso en el que se acumularon dificultades económicas, académicas, administrativas y personales.
Mi mayor error, visto en retrospectiva, fue haber intentado sostener durante demasiado tiempo una situación con la que cada vez estaba menos conforme.
Llegado cierto punto tuve que aceptar una realidad incómoda: continuar únicamente porque ya había empezado habría significado confundir perseverancia con obstinación.
Retirarme significó reconocer que una decisión tomada con buenas expectativas podía haber sido una mala decisión para mi trayectoria. Y aceptar eso también forma parte de madurar.
Lo que aprendí de la experiencia
Salir de una institución no significa necesariamente fracasar. Algunas veces significa reconocer a tiempo que el entorno elegido no corresponde con aquello que uno necesita para crecer.
También aprendí que elegir una universidad no consiste únicamente en mirar el nombre del programa, el precio de la matrícula o la publicidad institucional. Hay que mirar el entorno real de estudio: infraestructura, profesores, acompañamiento, organización, oportunidades, cultura académica y, sobre todo, la forma en que se trata al estudiante.
Mi conclusión
No considero intelectualmente honesto afirmar que absolutamente todo en la CUE Alexander von Humboldt sea negativo. Hubo docentes y experiencias rescatables, y mi experiencia no representa automáticamente la de todos los estudiantes.
Pero tampoco considero honesto minimizar lo que viví.
Mi experiencia como estudiante de Ingeniería de Software Dual estuvo muy por debajo de mis expectativas y considero que la institución no fue el entorno adecuado para desarrollar el perfil profesional que quería construir.
La combinación de problemas de infraestructura, dificultades académicas, procesos institucionales que percibí como excesivamente mecánicos y una experiencia humana que terminó siendo muy insatisfactoria destruyó mi confianza en la institución.
Por eso no me arrepiento de haberme retirado. Al contrario: considero que fue una decisión necesaria para mi trayectoria académica y profesional.
Mi crítica final es sencilla: una institución de educación superior no debería conformarse con impartir clases y hacer cumplir reglamentos. Debe construir las condiciones para que sus estudiantes puedan aprender de verdad.
Una universidad no debería hacer que sus estudiantes tengan que elegir entre soportar un entorno que ya no les permite crecer o abandonar el camino que habían comenzado.
Esa fue mi experiencia. Y precisamente por haberla vivido, hoy considero que elegir bien el entorno educativo es tan importante como elegir la carrera.